Por Olgui Caballero, directora ejecutiva de Alma Cívica
Hace unas semanas culminé una experiencia que todavía sigo procesando: seis semanas en Virginia, Estados Unidos como parte de la primera cohorte del Global Democracy Fellowship de Presidential Precinct, compartiendo con otros 19 liderazgos de distintos países y contextos.
Llegué desde Paraguay llevando conmigo muchas de las preguntas que atraviesan nuestro trabajo cotidiano en Alma Cívica: cómo recuperar la confianza en las instituciones, cómo lograr que la participación ciudadana tenga consecuencias reales, cómo fortalecer liderazgos democráticos en contextos de polarización y erosión del espacio cívico, y cómo hacer que la democracia deje de ser una idea abstracta para convertirse en una experiencia concreta en nuestras comunidades.
Probablemente no volví con respuestas definitivas. Volví con mejores preguntas, nuevas herramientas, una comunidad mucho más grande y, quizás lo más importante, una esperanza más consciente.
Porque estas seis semanas me recordaron algo que a veces olvidamos quienes trabajamos todos los días en estos temas: la democracia no solamente se diseña en instituciones. También se aprende, se practica y se construye entre personas.

Aprender democracia en Virginia
El lugar donde ocurrió esta experiencia importa. Virginia ocupa un lugar central, a la vez profundamente contradictorio, en la historia política y democrática de Estados Unidos.
Durante el Fellowship recorrimos universidades, instituciones y sitios históricos vinculados a algunos de los debates fundacionales sobre representación, libertad, derechos, constitucionalismo y gobierno. Estuvimos en Charlottesville, Williamsburg, Monticello y Montpelier; estudiamos y conversamos en espacios relacionados con figuras como Thomas Jefferson y James Madison, uno de los padres de la Constitución estadounidense.
Pero recorrer esos lugares también significa encontrarse con las contradicciones sobre las que fueron construidas esas ideas. Hablar de libertad en lugares donde existió esclavitud. Hablar de ciudadanía cuando durante generaciones enormes sectores de la población estuvieron excluidos de ella. Hablar de igualdad mientras observamos cuánto tiempo, conflicto, organización social y lucha fueron necesarios para ampliar quién podía realmente formar parte del “nosotros” democrático.
Esa tensión me resultó especialmente valiosa porque finalmente la democracia nunca fue una obra terminada, no lo es. Las instituciones democráticas que hoy consideramos naturales fueron construidas por personas, disputadas por otras, corregidas, ampliadas y muchas veces transformadas gracias a quienes se negaron a aceptar que el mundo debía permanecer como estaba, que había otra realidad posible.
Explorar democracia desde Virginia fue, entonces, mucho más que estudiar historia. Fue mirar las promesas y las contradicciones de la democracia al mismo tiempo.
Y esa mirada tiene mucho que decirnos desde Paraguay. También nosotros convivimos con instituciones que prometen participación pero muchas veces permanecen lejos de la ciudadanía; con derechos reconocidos formalmente que no siempre pueden ejercerse de la misma manera; con comunidades que tienen conocimiento y propuestas pero encuentran enormes dificultades para incidir en las decisiones públicas. La historia nos recuerda algo incómodo pero esperanzador: las democracias pueden retroceder, pero también pueden corregirse, ampliarse y reinventarse.
Nada de eso ocurre automáticamente, necesita de personas, y personas que muchas veces no tienen la misma línea ideológica pero si el genuino interés de construir algo distinto. Alguien tiene que hacerlo y con coraje y abiertos a habitar una incertidumbre de no saber si va funcionar o no.
Veinte países, una democracia, distintos contextos
Pero quizás la experiencia más poderosa del Fellowship no estuvo solamente en los lugares que visitamos ya que indudablemente estuvo también en las personas con quienes los recorrimos. Veinte Fellows provenientes de distintas partes del mundo, con trayectorias profesionales y políticas extraordinariamente diversas.
Algunos trabajan desde organizaciones de la sociedad civil, otros desde gobiernos, otros desde partidos políticos, medios de comunicación, universidades, movimientos ciudadanos o instituciones internacionales.
Y nuestros países tampoco atraviesan los mismos momentos democráticos. Algunos vienen de democracias más institucionalizadas. Otros trabajan en contextos de fuerte polarización, restricciones al espacio cívico, conflictos, transiciones políticas o incluso guerra. Eso transformó completamente la experiencia ya que para mi la democracia dejó de ser solamente un concepto que analizamos en una sesión sino que estaba sentada al lado mío con un nombre, país, historia, frustraciones y preguntas.
Una conversación sobre participación podía comenzar hablando de gobiernos locales en Paraguay y terminar discutiendo sobre políticas ambientales en Kosovo, educación cívica y lucha por el espacio cívico en Georgia, participación juvenil en Liberia, elecciones y partidos políticos en Ecuador, organización comunitaria en Filipinas o resiliencia democrática en Ucrania.
Y descubrimos algo importante: nuestras democracias son diferentes, pero muchas de nuestras preguntas se parecen: ¿Cómo recuperamos la confianza? ¿Cómo hacemos que participar vuelva a tener sentido? ¿Cómo atravesamos la polarización sin convertir nuestras diferencias en enemistad? ¿Cómo nos acercamos instituciones y la ciudadanía? ¿Cómo protegemos el espacio cívico? ¿Cómo logramos que la participación se transforme en decisiones? ¿Qué tipo de democracia queremos proteger? ¿Hay tipos de democracias?
No existe una receta global para responderlas, no obstante existe algo tremendamente valioso: podemos aprender de cómo otros están intentando hacerlo.
La comunidad también es infraestructura democrática
Una de las ideas que regreso pensando es que quizás necesitamos ampliar nuestra definición de infraestructura democrática. Normalmente pensamos en constituciones, leyes, elecciones, instituciones, mecanismos de participación o sistemas de rendición de cuentas.
Todo eso es indispensable, por supuesto existe otra infraestructura menos visible: las relaciones entre las personas donde uno va apareciendo actos que parecen obvios y cotidianos como la capacidad de escucharnos, los espacios donde podemos encontrarnos, la confianza necesaria para trabajar juntos, las redes que permiten que una idea encuentre aliados así como la posibilidad de disentir sin convertir al otro en enemigo.
Durante el Fellowship trabajamos con herramientas de liderazgo, construcción de redes, diálogo, participación, comunicación, innovación y abordaje de la polarización. Practicamos conversaciones a través de las diferencias, analizamos estrategias de incidencia, exploramos fortalezas de liderazgo y experimentamos distintas maneras de construir soluciones colectivas.
Muchas de estas herramientas confirmaron algo que desde Alma Cívica venimos aprendiendo trabajando con jóvenes, líderes comunitarios, gobiernos locales y organizaciones de distintos lugares del Paraguay: la democracia necesita práctica.
No alcanza con explicar participación es necesario tener el coraje, la creatividad y la paciencia de crear oportunidades para participar ya que no alcanza con hablar de diálogo sino que necesitamos aprender a sostener conversaciones difíciles.
Tampoco alcanza con pedir confianza, debemos construir experiencias donde esa confianza pueda aparecer. No alcanza con enseñar cómo funcionan las instituciones. Las personas necesitan experimentar que acercarse a ellas puede producir algún resultado, capaz no el que esperamos pero hay que hacer el trabajo.
Y no alcanza con formar líderes, tenemos que preguntarnos qué tipo de liderazgo estamos formando, re diseñar las veces que sea necesario la práctica, cuestionarnos qué tipo de liderazgos el mundo necesita, que están lejos de ser los perfectos lideres que solamente cumplen indicadores y soy altamente efectivos, es mas que eso.
La esperanza también necesita método
Trabajar en democracia hoy puede ser agotador, abrumador y muchas veces un camino con altibajos. En distintos lugares del mundo vemos polarización, desinformación, debilitamiento institucional, reducción del espacio cívico y una creciente desconfianza hacia la política y las instituciones.
Y por supuesto, Paraguay tampoco está fuera de esas tensiones. Por eso regresar esperanzada no significa regresar ingenua, de hecho, quizás una de las cosas que más confirmé durante estas semanas es que debemos distinguir la esperanza de ingenuidad, ya que la ingenuidad supone que las cosas eventualmente mejorarán. Pero, la esperanza democrática trabaja para aumentar las posibilidades de que mejoren donde nos organizamos , donde construimos comunidad, donde rescatamos evidencia, donde se forman liderazgos que buscan proteger instituciones. Donde usamos creatividad y ensayamos nuevas metodologías que crean espacios de encuentro.
La esperanza construye alianzas improbables y vuelve a intentarlo cuando algo no funciona por eso creo que la misma también puede ser una herramienta de trabajo.
Volver también es parte del Fellowship
Por eso estoy profundamente agradecida a Presidential Precinct y a todas las personas que hicieron posible el Global Democracy Fellowship.
No solamente por las sesiones, profesores, facilitadores, visitas o herramientas. Sino por algo más difícil de diseñar: crear las condiciones para que veinte personas de diferentes lugares del mundo pudieran convertirse, durante seis semanas, en una pequeña comunidad de aprendizaje democrático.
Volver a nuestro equipo, a nuestros programas, a las comunidades con las que trabajamos, a los jóvenes que deciden involucrarse, a los líderes locales, a las organizaciones aliadas y a tantas personas que todos los días hacen pequeñas cosas para que nuestra democracia funcione un poco mejor.
Ninguna experiencia individual empieza realmente desde cero ya que yo llegué a Virginia cargando muchos años de aprendizajes construidos junto a otras personas, entonces las preguntas que llevé no eran solamente mías.
Y tampoco lo son las herramientas con las que regreso, la gran responsabilidad ahora es hacerlas circular, probarlas, adaptarlas, compartirlas con nuestra increíble comunidad y así permitir que otras personas también las transformen.
La democracia puede aprenderse
No regreso del Global Democracy Fellowship con una receta para salvar la democracia, por suerte. Regreso con mejores preguntas, herramientas más diversas, veinte nuevas ventanas desde las cuales mirar el mundo y una convicción renovada: la democracia puede aprenderse, practicarse, cuestionarse, repararse y fortalecerse.
Sucede en una institución, pero también en una plaza. En un parlamento, pero también en una organización comunitaria. En una elección, pero también en los años que transcurren entre elecciones. En una política pública, pero también en una conversación difícil. En un grupo de jóvenes imaginando una solución para su ciudad. En alguien que decide participar por primera vez. En una persona que abre una puerta para que otra pueda entrar.
Virginia me recordó que las democracias están llenas de contradicciones. Mis compañeros Fellows me recordaron que esas contradicciones existen en todas partes y adoptan formas diferentes.
Y mi trabajo en Alma Cívica me recuerda todos los días que las grandes palabras solo adquieren sentido cuando aterrizan en la vida cotidiana de las personas. Después de estas seis semanas capaz tengo menos certezas sobre cómo resolver los enormes desafíos que enfrentan nuestras democracias. Pero tengo una certeza mucho más importante: en muchos lugares del mundo hay personas trabajando para que sean mejores. Cuando esas personas se encuentran, comparten herramientas, construyen confianza y deciden seguir trabajando juntas, la esperanza deja de ser solamente un sentimiento, se convierte en capacidad colectiva.


