Por Olgui Caballero, directora ejecutiva y cofundadora de Alma Cívica
Foto de portada: Sergio González – ABC Color
En la Psicología Social de la escuela de Pichon-Rivière hablamos del emergente: un hecho, una conducta o un conflicto que irrumpe y hace visible algo más profundo que ya estaba ocurriendo en un grupo o en una sociedad. El emergente no es un episodio aislado ni el origen del problema; es la señal que permite ver aquello que llevaba tiempo acumulándose debajo de la superficie.
La huelga nacional de médicos, que inició la última semana de agosto, fue uno de esos emergentes que más allá de las legítimas demandas por mejores condiciones laborales, reajustes salariales y nombramientos, la movilización expresó el agotamiento de quienes sostienen diariamente un sistema de salud debilitado. Pero también condensó el cansancio de miles de familias que esperan meses por una consulta, recorren hospitales buscando respuestas o deben comprar medicamentos que deberían estar garantizados.
Cuando quienes cuidan nuestra salud deben detenerse para ser escuchados, el problema ya no pertenece solamente a un gremio que habla de las prioridades del Estado y del deterioro de un pacto social básico. El descontento no es simplemente ruido que debe ser contenido, es información política que las instituciones democráticas deberían saber escuchar y transformar en respuestas.
Entramos en la recta final hacia las elecciones municipales del 4 de octubre y es importante que a las urnas no lleguemos en blanco sino que lleguemos atravesados por lo que vivimos en nuestros hospitales, escuelas, barrios y comunidades; por las promesas incumplidas, la falta de respuestas y también por las experiencias que nos demuestran que transformar nuestras ciudades todavía es posible.
Por eso conviene recordar algo básico: la democracia no se mide solamente por la realización periódica de elecciones, los indicadores macro económicos o los discursos de una supuesta estabilidad. También se mide por la fortaleza de sus instituciones, la independencia de los controles, la transparencia en el uso de los recursos públicos y la libertad de la ciudadanía para organizarse, preguntar, disentir y exigir respuestas.
Y las señales preocupan, la concentración del poder, la pérdida de credibilidad de la justicia, los intentos de restringir el espacio cívico y el uso selectivo de las instituciones no son hechos aislados y ya no son solo “emergentes”. Cuando los intereses del Estado se confunden con los de un sector político, se debilitan los contrapesos y las voces críticas comienzan a ser tratadas como una molestia, la competencia electoral pierde calidad, aunque las elecciones se realicen.
La democracia no comienza frente a una máquina de votación ni termina con el conteo de los votos, no, la construimos en las condiciones que permiten a la ciudadanía informarse, organizarse, disentir, exigir y elegir libremente.
Alma Cívica es una organización independiente y apartidaria, pero eso no significa ser indiferentes. Nuestro lugar está en la defensa de las reglas democráticas, el pluralismo, las libertades públicas y el derecho de todas las personas a participar. También sabemos que denunciar no alcanza ya que necesitamos una ciudadanía informada, liderazgos éticos a los que podamos dar seguimiento, instituciones abiertas al diálogo y comunidades capaces de transformar el descontento en propuestas y acciones concretas.
A esto llamamos esperanza estratégica que para nosotras es no negar la gravedad del presente, sino decidir qué vamos a hacer frente a ella. Habitar la democracia también es escuchar sus emergentes, cuestionar lo que no funciona y construir alternativas todos los días, especialmente cuando hacerlo se vuelve más difícil.


