De Asunción a Atenas, una reflexión sobre el deterioro democrático, la participación ciudadana y la esperanza como posibilidad de transformación por Olga Caballero.
«Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea». Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza.
Hay algo profundamente contradictorio en nuestro tiempo. Nunca habíamos contado con tantas herramientas para participar, informarnos y organizarnos, y sin embargo, la democracia parece tener cada vez más dificultades para convencer a las personas de que puede transformar sus vidas.
Paulo Freire entendía la esperanza como una necesidad histórica, pero advertía que debía estar acompañada de la práctica. Décadas después, Byung-Chul Han, en El espíritu de la esperanza, plantea una preocupación complementaria. En una sociedad dominada por el miedo, la incertidumbre y la obsesión por sobrevivir al presente, estamos perdiendo la capacidad de imaginar un futuro diferente.
Esta reflexión me acompañó durante el Global Democracy Coalition Forum 2026, celebrado el 1 de octubre en Atenas, después de un proceso de trabajo colectivo que comenzó con cuatro foros regionales en Nairobi, Asunción, Praga y Seúl.
Desde Alma Cívica, organización integrante de la Global Democracy Coalition desde 2023, contribuimos a este proceso organizando el Foro Regional de las Américas en Paraguay y participando posteriormente en la construcción de los contenidos y conversaciones del encuentro global.
Más allá del valor del intercambio, la experiencia dejó una inquietud difícil de ignorar. Estamos dedicando enormes esfuerzos a defender la democracia, pero necesitamos preguntarnos si estamos logrando transformar las condiciones que provocan su debilitamiento.

El deterioro democrático también es una crisis de futuro
El informe The Global State of Democracy 2026, de International IDEA, muestra que entre 2020 y 2025, 98 países, equivalentes al 57 % de los evaluados, experimentaron retrocesos significativos en al menos un factor de desempeño democrático. Solamente 55 países registraron avances en algún factor.
La libertad de expresión retrocedió en 42 países, mientras que el 41 % de los países evaluados presentó un desempeño bajo en Estado de derecho. Quizás el dato más revelador sea otro. En el 81 % de las comparaciones entre países e indicadores no se registraron cambios significativos. La democracia no solamente retrocede. En numerosos contextos permanece estancada en condiciones institucionales insuficientes.
Estos datos reflejan una crisis que no puede explicarse únicamente por el ascenso del autoritarismo. También nos enfrentan a las limitaciones de sistemas democráticos que no han conseguido resolver desigualdades persistentes, garantizar justicia ni construir instituciones suficientemente receptivas a las demandas sociales.
La erosión democrática no comienza necesariamente cuando desaparecen las elecciones. También puede desarrollarse cuando las personas dejan de creer que su participación tiene consecuencias.
Y esa pérdida de confianza tiene una dimensión temporal. Cuando el futuro se percibe como una repetición de las mismas frustraciones, resulta cada vez más difícil sostener el compromiso con un proyecto colectivo.
Han distingue la esperanza del optimismo. Mientras el optimismo supone anticipar un resultado favorable, la esperanza permite reconocer posibilidades incluso cuando las circunstancias no ofrecen garantías. No consiste en negar las dificultades, sino en resistirse a que el presente determine por completo lo que puede venir.
En términos democráticos, esto plantea un desafío profundo. Una sociedad que deja de imaginar alternativas puede terminar aceptando como inevitable aquello que debería cuestionar.
La paradoja de una ciudadanía activa y unas instituciones que no responden
Uno de los hallazgos centrales del Foro Regional de las Américas, realizado en Asunción, fue que la desconfianza institucional no ha significado la desaparición de la participación ciudadana.
Persisten experiencias de organización comunitaria, liderazgos juveniles, iniciativas impulsadas por mujeres y nuevas formas de colaboración territorial. Sin embargo, muchas organizaciones y movimientos que contribuyeron históricamente a los procesos de democratización atraviesan situaciones de desgaste. Los nuevos actores, por su parte, suelen desarrollar experiencias locales valiosas, pero fragmentadas y con escasa articulación con los espacios nacionales de decisión.
Esta tensión apareció de diferentes maneras en los otros encuentros regionales.
En Nairobi se cuestionó la participación simbólica de jóvenes que son convocados a espacios políticos sin capacidad efectiva de decisión, junto con las barreras económicas que restringen el acceso al poder. Praga puso énfasis en la educación cívica, la integridad de la información y la necesidad de sostener la participación entre elecciones. Seúl abordó las dificultades para convertir la movilización social en reformas institucionales duraderas, así como los riesgos de delegar en la tecnología respuestas a problemas fundamentalmente políticos.
Aunque los contextos son diferentes, las discusiones revelaron una preocupación compartida.
La participación ciudadana no garantiza por sí sola la redistribución del poder.
Esta conclusión debería incomodarnos también a quienes trabajamos desde la sociedad civil. Durante años hemos celebrado el crecimiento de los espacios participativos, las redes ciudadanas y las iniciativas de innovación democrática. Sin embargo, todavía necesitamos demostrar con mayor claridad cuánto de ese esfuerzo modifica decisiones públicas, transforma instituciones o amplía derechos.
La participación sin capacidad de incidencia corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de legitimación de decisiones tomadas de antemano. Y cuando eso sucede, el problema ya no es solamente la frustración ciudadana. Es la pérdida de credibilidad de los propios mecanismos democráticos.
La democracia debe producir resultados sin renunciar a sus principios
Las conversaciones de Atenas se organizaron alrededor de cuatro dimensiones interconectadas, la confianza frente a la algocracia, la capacidad de respuesta institucional, la participación y la resiliencia democrática.
Una de las discusiones más relevantes fue cómo recuperar la legitimidad de instituciones que, aunque formalmente democráticas, no siempre consiguen responder a las necesidades de las personas. La democracia también se experimenta en la calidad de los servicios públicos, en el acceso a la justicia, en las oportunidades económicas y en la capacidad de los gobiernos de escuchar y resolver problemas.
Pero tampoco podemos caer en la trampa de confundir eficacia con democracia. Un gobierno puede mostrar resultados inmediatos mientras debilita libertades, concentra poder o elimina controles institucionales. La respuesta no debería ser elegir entre instituciones democráticas y gobiernos capaces de actuar, necesitamos ambas cosas.
Esto resulta especialmente importante en América Latina, donde la desigualdad, la corrupción y la fragilidad institucional siguen condicionando la relación entre ciudadanía y Estado. La legitimidad democrática necesita elecciones libres, derechos garantizados y también capacidad de respuesta. Ninguna de estas dimensiones puede sustituir a las otras.
La democracia también necesita revisar sus propias estrategias
Participar en este proceso me llevó a una reflexión sobre nuestro propio trabajo. Las organizaciones que promovemos la democracia hemos desarrollado investigaciones, programas de formación, campañas, redes internacionales y metodologías participativas. Muchas han producido cambios significativos, especialmente en contextos donde los espacios de organización ciudadana son limitados.
Pero el deterioro democrático nos exige una evaluación más profunda de nuestras estrategias. ¿Estamos consiguiendo llegar a quienes ya no confían en las instituciones democráticas? ¿Estamos construyendo capacidades que sobrevivan a los ciclos de financiamiento? ¿Estamos contribuyendo a transformar las relaciones de poder o concentrándonos demasiado en la cantidad de actividades y participantes?
Estas preguntas cobran mayor importancia cuando el espacio cívico se reduce y las organizaciones enfrentan restricciones, incertidumbre financiera y agotamiento.
En Asunción identificamos una dimensión que merece mayor atención. El cuidado, la salud mental y la sostenibilidad de quienes defienden la democracia no son asuntos secundarios. Forman parte de las condiciones que permiten sostener la acción colectiva.
No podemos romantizar una resiliencia que obliga a las mismas personas y organizaciones a resistir indefinidamente con recursos cada vez menores. La democracia necesita instituciones sólidas, pero también un tejido social capaz de sostener el compromiso ciudadano sin convertirlo en sacrificio permanente.
La esperanza como una tarea colectiva
En este contexto, el Global Democracy Coalition Forum representó un esfuerzo por hacer las cosas de otra manera. Alrededor de 30 organizaciones socias contribuyeron a construir un proceso que priorizó la escucha, el intercambio entre experiencias prácticas y conocimiento académico, y la colaboración entre regiones.
El encuentro de Atenas no pretendió resolver en un día las contradicciones de nuestras democracias. Su valor estuvo en reconocer que las respuestas no pueden surgir exclusivamente de los espacios tradicionales de poder ni de una sola organización o perspectiva.
Pero el desafío más importante comienza después del foro. Las conversaciones necesitan traducirse en colaboración sostenida, compromisos verificables y cambios que puedan reconocerse fuera de los encuentros internacionales.
Aquí encuentro una conexión especialmente valiosa entre Freire y Han. Para Freire, la esperanza necesita de la práctica para convertirse en historia. Para Han, la esperanza abre el horizonte de lo nuevo cuando el miedo nos encierra en la repetición de lo conocido.
Ambas perspectivas nos permiten cuestionar una idea muy instalada en el discurso democrático. No basta con pedir a las personas que sigan creyendo en las instituciones. Es necesario construir experiencias que les permitan reconocer que el futuro no está completamente decidido.
En Paraguay, esa posibilidad puede comenzar en una comunidad que se organiza para recuperar un espacio público, en jóvenes que deciden participar en política o en ciudadanos que consiguen incidir en una decisión municipal. Pero el verdadero desafío es que esas experiencias no permanezcan aisladas, sino que se conviertan en capacidades colectivas y transformaciones institucionales duraderas.
Regreso de Atenas convencida de que necesitamos menos discursos sobre la importancia abstracta de la democracia y más esfuerzos por hacerla significativa en la vida cotidiana. Los datos no permiten una lectura complaciente del presente así como tampoco ofrecen garantías sobre el futuro. Pero la esperanza, como nos recuerda Han, no depende de tener certezas sobre lo que vendrá. Tal vez nuestra responsabilidad más importante sea evitar que el deterioro democrático nos haga perder la capacidad de imaginar algo distinto y, al mismo tiempo, trabajar para que esas posibilidades puedan convertirse en realidad.
La esperanza democrática no consiste en creer que todo saldrá bien. Consiste en reconocer que todavía hay algo por construir, y que hacerlo sigue siendo una responsabilidad compartida.
Referencias
- International IDEA. The Global State of Democracy 2026. Democracy in an Age of Conflict.
- Global Democracy Coalition. Documentos temáticos y hallazgos de los foros regionales de Nairobi, Asunción, Praga y Seúl, 2026.
- Freire, Paulo. Pedagogía de la esperanza.
- Han, Byung-Chul. El espíritu de la esperanza. Contra la sociedad del miedo. Herder, 2024.


